lunes, 30 de abril de 2012

Los niños especiales


Ya es muy evidente la presencia de niños especiales. Se trata de aquellos niños diferentes a los que estábamos acostumbrados a ver. Estos pueden ser prácticamente de dos tipos: los introvertidos que son muy sensibles y que prefieren estar solos y aquellos extrovertidos que alteran todos los lugares donde se encuentran, especialmente en la sala de clases de la escuela.

Nuestra existencia está siendo sorprendida cada día mas con la presencia de aquellos niños que no pueden adaptarse a las condiciones que les ofrecemos y que traen un nuevo planteamiento a sus padres y a la sociedad. Generalmente las madres son las que advierten su especial forma de ser y son ellas las que más buscan la manera de comprender y de colaborar a que ellos puedan desarrollar su vida de la mejor manera.
Tanto los padres como las autoridades están comenzando a buscar las formas de acomodarse al nuevo escenario que ellos nos plantean. Hay quienes afirman que ellos sufren de algún déficit y otros plantean que ellos son más evolucionados y que son portadores de grandes cambios a la humanidad. Dos corrientes que se contraponen absolutamente.

Estos niños representan una situación especial para los educadores que se han visto en la necesidad de implementar algunas soluciones que intentan palear sus condiciones, tanto para los niños que resultan ser muy inquietos, como para los que presentan personalidades mas tímidas. Cada vez son más los colegios que cuentan con profesionales que hacen las evaluaciones y el diagnostico de sus comportamientos y que generalmente terminan en clasificar como asperger, índigo o cristal. Los padres se ven enfrentados a un panorama nuevo que no encuentra un espacio de encuentro entre las dos corrientes que explican este fenómeno.

Lo cierto es que estos niños nos están haciendo pensar, porque no se adaptan a las condiciones que les ofrecemos, especialmente en la educación formal. La educación formal se basa en un sistema de aprendizaje muy antiguo o que ha evolucionado muy lento para adaptarse a las nuevas tecnologías y nuevas mentalidades de la humanidad. Si estos sistemas tienes deficiencias para atender a los niños “normales”, esta carencia se hace aun más profunda cuando se trata de atender y responder a las nuevas condiciones que encontramos con estos niños especiales.

Hay voces que están solicitando a las autoridades crear espacios específicos para atender a estos niños con mejores condiciones. De momento cada establecimiento se basa en la información que manejan los profesionales del área que han implementado terapias que intentan adaptar a estos niños a la sociedad de modo de asegurar un normal desempeño y participación en las actividades sociales, políticas, económicas y culturales de la sociedad, en un esfuerzo por tratar de adaptar a estos niños a un sistema que ellos no pueden comprender.

Estos niños que nosotros vemos como especiales en realidad no lo son tanto. Ellos son niños que manifiestan una diferencia significativa del resto, pero que en realidad obedecen a un gradual y rápido aumento de conciencia de la humanidad. Muchos de los padres de estos niños ya han sentido que este mundo necesita algunas mejoras y ellos vienen a confirmar esa sensación. Estos padres, en cierto modo, comprenden que sus hijos tienen razón en muchas de sus actitudes. Ellos vienen a ser la continuación de una inquietud que ya estaba tímidamente en el aire y que ahora se manifiesta libremente y sin miedo.

No es posible desconocer que estos niños son muy sensibles, abiertos a expresarse más libremente, son más literales, mucho más inocentes y presentan muchas características  que bien vale la pena escuchar. Sea como sea, ellos traen algo nuevo que podemos intentar atender en vez de combatir. Hay quienes no pueden aceptar que sean portadores de una nueva verdad que ayudará a cambiar nuestro mundo, pero habría que intentarlo primero antes de tachar esta posibilidad como falsa.

Estar abiertos a nuevas formas de relacionarnos y a nuevas formas de experimentar la realidad puede llevarnos a un gran descubrimiento que puede abrir las puertas a un gran encuentro fraterno entre todos los seres de este mundo. En realidad ellos no son portadores de ningún poder sobrehumano, simplemente tienen un nivel de conciencia más elevado sobre cómo podemos relacionarnos y expresarnos en un mundo sin necesidad de utilizar nuestras acostumbradas mascaras sociales, nuestras manipulaciones y nuestros grandes intereses personales que señalan nuestro miedo a la libre expresión del SER, sin necesidad de someterse a la aprobación de la sociedad.

No podemos imaginar que se pueda vivir así tan libremente, en tanta sinceridad, sin miedo, con el corazón abierto de par en par y sin corazas, sin prejuicios que nos impidan ser amorosos y sin mentiras piadosas. Creemos que si hacemos eso estaremos en riesgo. Pensamos que si soltamos el control, los demás podrán aprovecharse de nuestra condición sin defensas. ¿Pero nos hemos preguntado que pasaría si todos fuéramos así?

El mundo cambiaría por completo

Patricia González
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lunes, 16 de abril de 2012

Honrar el libre albedrio del niño



Un niño es un ser humano pequeño, aunque a veces tenemos la tentación de pensar que viene vacio y que nosotros somos los encargados de convertirlo en ser humano. Un niño trae toda la información necesaria para vivir su vida: sus dones, su misión de vida, sus tareas pendientes (karma) y sus inquietudes para experimentar. Nosotros seremos los acompañantes de su viaje, más que los encargados de convertirlos en alguien.

La vida que viene a desarrollar el niño, está guiada por la providencia. De esta manera, los padres somos los facilitadores de sus experiencias. Sea cual sea nuestro papel, este siempre será el más adecuado. A veces sentimos mucha responsabilidad, preocupación y quizás culpa, pero todo está perfecto así como se dé. Ninguna circunstancia se debe a la suerte o la mala suerte. Todo tiene un trasfondo de mucha significación. Podemos estar tranquilos sabiendo que no estamos solos en esta increíble y hermosa tarea que a veces nos angustia.

La evolución nos va empujando a estar cada vez más enfocados a descubrir lo que somos y en eso no tenemos ninguna duda. Hemos evolucionado lentamente, pero lo hemos hecho y aun falta mucho por descubrir. Los niños son portadores de los nuevos avances, son el relevo de los que ya hemos venido y son la esperanza de seguir con los cambios para el bienestar de todos. Nosotros podemos tratar de detenerlos o podemos apoyar su fabulosa función.

Tratar de detener la evolución será una tarea fútil. Ella es muy inteligente y se las arreglará para que eso no suceda. Apoyar y favorecer los cambios es la única posibilidad y en eso los niños llevan la voz. Nosotros podemos honrar su presencia y su función tan importante para la humanidad.

Honrar el libre albedrio de los niños significa tratarlos como un ser humano importante, escuchar sus inquietudes, atender sus necesidades, acompañarlos en sus proyectos, respetar sus anhelos, ayudarlos a desarrollar sus sueños. Sus sueños son el medio de comunicación que tienen con la energía universal, son su guía y su bandera. Respetar sus sueños es respetar el orden divino.

Nuestra tarea puede enfocarse a esa sensibilidad para escuchar lo que necesitan para desarrollar sus sueños. Escucharlos no tan solo significa escuchar a aquellos niños que se encuentran felizmente encaminados en su misión de vida, sino también, significa escuchar a aquellos niños que se encuentran perturbados, confundidos, reprimidos y heridos. Estos niños también tienen mucho que decir. Ellos tienen una verdad que enunciar al mundo y un concepto de cambio que no ha sido escuchado.

Los niños que se encuentran perturbados a tan temprana edad están informando con voz muy fuerte que los estamos olvidando, estamos dejando de considerar lo que ellos necesitan, estamos desatendiéndolos y dejándolos separados para que no puedan afectar a los demás. Quizás sean ellos los que tengan el mensaje más claro del tipo de cambios que nosotros como padres y como sociedad necesitamos aceptar y permitir. Quizás sean ellos los que debieran ser atendidos con mayor prioridad. Quizás sean ellos los que nos están mostrando lo más urgente que mejorar. Ellos son el fruto de lo que hemos construido y querer separar los ojos para dejar de considerarlos es una muy poco acertada salida.

Estos no solo son los niños de familias marginales o que viven en pobreza. También son niños que teniendo a sus padres, sus atenciones y sus necesidades mínimas cubiertas, carecen del respeto de su Ser. Son aquellos a los cuales no se ha honrado su libre albedrio solo porque son niños.

Respetar el libre albedrio de los niños los prepara para que cuando sean adultos tengan la posibilidad cierta de decidir por sí mismos, guiados por una ética moral justa. Hasta la fecha muchas personas piensan que si no encierran a los niños dentro de ciertas estructuras aceptables por la sociedad, ellos corren el riesgo de separarse de lo ético y lo moral. Sin embargo, las evidencias son incuestionables, mientras más respetemos sus propios intereses, ellos mas respetaran los intereses de los demás, creando una corriente de bienestar.

Los niños que han sido sometidos a fuertes restricciones emocionales y físicas no se sentirán seguros cuando adultos. Sus decisiones no serán tomadas desde la madurez y la responsabilidad. Ellos pueden convertirse en adultos tímidos, influenciable por los demás, vulnerables o violentos, que no tendrán el equilibrio para decidir por su bien ni por el bien de los demás.

Respetar el libre albedrio de los niños puede resultar un poco complejo si nosotros mismos, los padres, no fuimos respetados en la infancia. La tarea se facilita enormemente si prestamos atención a sus expresiones físicas, especialmente en sus rostros. No es difícil darse cuenta cuando un niño se siente bien y cuando se siente mal. Podemos creer que no es posible librarlos de ciertas circunstancias, pero siempre existe una alternativa para hacer las cosas más sencillas y más agradables. Los padres podemos buscar y buscar las soluciones (cada vez hay más alternativas) hasta encontrar la mejor manera de hacer que nuestros hijos crezcan felices y fuertes emocionalmente.

Podemos prestar más atención cada vez que decimos a nuestros hijos: eso no se dice, eso no se hace, eso está mal. ¿Será eso verdad?

Patricia González
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lunes, 19 de marzo de 2012

Las malas juntas en los jóvenes


Demasiadas veces encuentro presente el temor de los padres de que sus hijos tan amados se puedan alejar de las buenas costumbres y se vayan por caminos de vicios y malas juntas. Esos temores son provocados en exageración a causa de tanta información que circula en los medios de comunicación y por algunos casos que hemos visto en familias cercanas. Los medios de comunicación son especialistas en ubicar en primera plana todo lo malo de la sociedad y los jóvenes no están fuera de este contexto. Debido a esta influencia, muchos padres se imaginan que su hijo(a) se podría descarriar solo debido a que se junta con amigos que lo puedan inducir o arrastrar a formas de vida extrañas o alejadas de su bien.

Según nosotros, las malas juntas son aquellos amigos que nuestros hijos pueden tener, cuyas costumbres y comportamientos no están ceñidos a la moral y las buenas costumbres. Dependiendo de nuestro grado de miedo, podemos ver malas juntas en muchos de los amigos de nuestros hijos, provocando mucha tensión al interior de la familia y fomentando la falta de confianza entre padres e hijos.

No podemos negar que existe la posibilidad de que nuestros hijos se vayan por mal camino, pero no será precisamente por la calidad de sus amigos. Existen  vacios de compresión y contención dentro de sus familias, espacialmente de parte de los padres,  que podrían poner en riesgo el bienestar de los hijos y son estos en realidad los responsables de que ellos puedan elegir hacer una vida rodeados de personas que no aportarán nada bueno para ellos.

Los jóvenes que se sienten presionados, abandonados, ahogados, criticados y cuestionados por parte de sus padres, preferirán compartir su vida con cualquier otra persona que sea capaz de escucharlos y darles un poco de atención. Si los jóvenes no encuentran una persona equilibrada que los pueda sostener es esta adversidad, tendrán el riesgo de juntarse con personas no convenientes, debido a que su nivel de vibración se encuentra muy bajo. Esta es la razón de que se unan a grupos o amigos que tienen baja vibración, en ellos encuentran resonancia. Un joven que se siente apoyado y amado por sus padres, tendrá una alta estima. Esta le permitirá moverse por la vida en forma más libre y segura, uniéndose a amigos y grupos que vibren en esa resonancia.

Ningún joven que se sienta perfectamente amado, respetado y honrado por sus padres (o por quien cuide de él), será susceptible de ser arrastrado a ningún lado que él no se pueda permitir. Un joven bien  equilibrado emocionalmente y espiritualmente podrá juntarse con otros jóvenes con infinidad de problemas emocionales, o de cualquier tipo, solo para tratar de ayudarlos a salir de allí. Este joven no podría caer porque sus bases se encuentran fuertes y solidas en el amor de sus padres.  Un joven que se encuentra débil  tendrá la necesidad de buscar a sus pares para completarse y por resonancia sus pares estarán tan débiles como él.

El equilibrio emocional y espiritual de un joven es alcanzado a muy temprana edad. Después de los 7 años de edad, ya han quedado marcados sus niveles de autoestima. Esto significa que los problemas que podamos visualizar en los jóvenes se han creado antes de los 7 años de edad y solo estamos viendo las consecuencias de lo que fue experimentado y almacenado en su interior hasta entonces.

Cuando los padres critican a sus hijos por sus malas juntas, ya ha pasado mucha agua bajo el puente. Para revertir esta situación, hay que hacer un doble trabajo, volver atrás, a reconstruir todo el daño emocional acumulado en esa mente tan joven que ya carga con un cumulo de dolor a veces tan inadvertido por sus padres.
El amor a nuestros hijos a veces nos puede jugar una mala pasada si no tenemos la delicadeza de ir viendo, analizando y cuidando las etapas que viven nuestros hijos. La temprana edad es muy importante para que ellos crezcan fortalecidos y sanos interiormente. Los padres siempre actuamos lo mejor que podemos y muchas veces nos ha fallado algo. Si así ha sucedido, tenemos la posibilidad de revertirlo cuando estemos dispuestos. No existen problemas que no se puedan resolver, pero hay que dedicarse a hacerlo. No sirve de mucho culpar y castigar. Esto puede hacer que la situación empeore a niveles insoportables.

Los jóvenes, aunque puedan estar muy dolidos con sus padres, son seres maravillosos. Siempre estarán dispuestos a perdonar, siempre. Si se tiene una buena conversación con ellos en paz, armonía y respeto, ellos serán los primeros en estar dispuestos a darte un abrazo y un beso. Ellos siempre están esperando a que las cosas mejoren, ellos siempre están dispuestos, mucho más que los adultos. Y cuando ellos perdonan lo hacen de verdad, no guardan rencor, ellos olvidan todo y te amarán mucho más si tienes la grandeza de reconocer que alguna vez te equivocaste.

Los hijos y los padres estanos en una escuela, la escuela de la vida. Ambos podemos aprender de ambos. Aunque seamos adultos podemos alguna vez estar equivocados en relación a nuestros hijos.

Patricia González
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martes, 13 de marzo de 2012

Cuando los niños no quieren comer


Es legítima la preocupación de los padres cuando ven que sus hijos se resisten a comer o simplemente no quieren ingerir alimento ninguno. Los padres saben que si un cuerpo físico no es alimentado se debilitará o enfermará y eso genera mucho temor. Con mayor razón si se trata de nuestros hijos pequeños. Por lo general, los padres se sienten muy angustiados y esta angustia se apodera de su calma hasta hacer saber al niño que se está brindando una verdadera batalla entre que “comes o te enfermas”.

Un niño es un Ser que puede decidir dejar de comer por varias razones. Por lo general, un niño que se resiste a comer está expresando una protesta que nada tiene que ver con querer enfermar, todo lo contrario, está queriendo informar que algo no está bien en su ambiente y quiere que eso se haga notar. Esto tiene una connotación absolutamente diferente a nuestra preocupación, el niño está queriendo colaborar para hacer su vida más llevadera y no tiene ninguna intención de deteriorar su salud.

Algunos niños pueden resistirse a comer cuando enfrentan alguna situación muy complicada. Cuando advertimos que nuestros hijos no se sienten bien, que están más apagaditos o con bajo ánimo, podemos comenzar la búsqueda de esos inconvenientes y tratar de subsanar esas circunstancias que los hacen sufrir. Este estado, que puede afectar su apetito, puede provenir de varias fuentes: un ambiente poco amoroso en su hogar, desarmonía entre sus padres o los integrantes de la familia, angustia por alguna situación que lo está dañando y tantas más. Ellos son muy sensibles a su medio ambiente y serán afectados por cualquier situación incómoda, desagradable o de deshonra en  su contra.

Si al contrario, vemos que nuestros hijos corren, ríen, bailan, cantan y se desenvuelven vibrantes y felices hasta que llega la hora de comer, entonces el mensaje está muy claro. Están expresando una molestia que se relaciona más directamente con la tensión que se pudo haber instalado cada vez que llega la hora de comer.

Descartando problemas mayores, la tensión que se produce a la hora de la comida pudo haberse gestado en episodios esporádicos que se fueron acrecentando en el tiempo debido a la preocupación de los padres.  Es posible que en un inicio, el niño se resistiera a comer cierto tipo de alimentos porque su cuerpo está más conectado con su Ser Superior y tiene esa claridad para saber qué es lo que no necesita seguir ingiriendo.

Los niños pueden llegar a saber que ciertos alimentos no son tan nutritivos para ellos por contener un alto grado de componentes químicos que no son beneficiosos para su cuerpo, cosa que a los adultos se nos hace más difícil advertir. Algunas veces ellos necesitan dejar de tomar la leche u otro alimento por unos cuantos días porque su cuerpo tiene suficiente nutrición en ese aspecto y ya no lo necesita o requieren un reposo para eliminar sus excesos. Ellos saben mejor que nosotros lo que necesitan comer, pero nosotros creemos que es al revés.

Cuando un niño se siente satisfecho con algún alimento que ha sido muy repetitivo, puede negarse a injerirlo en forma natural. Los padres tienen la tendencia a creer que algo grave le pasa y por lo general acuden al médico de inmediato, el que también puede no advertir de lo que se trata en su profundidad. Si los padres se angustian mucho debido a esta situación, los niños lo sentirán también. Ellos, más que nadie, perciben absolutamente todas las energías que los adultos están emitiendo y sin ninguna duda que advertirán que existe algún problema con la comida. El niño no sabrá muy bien de qué se trata, pero entenderá que él tiene algún problema con la comida. Cuando el niño comienza a creer que tiene problemas con la comida, se producen trastornos y desordenes de la alimentación, como desear comer golosinas u picar a deshora.

En suma, dependiendo de la angustia de los padres, esta situación puede crecer y crecer a niveles muy traumáticos. Lo vi en mi familia, recuerdo que una de mis hermanas menores no quería comer en la cantidad deseada por mis padres y el solo hecho de presenciar la cantidad de energía negativa que se respiraba cada vez que le llegaba la hora de comer, hacia que hasta a mi me dieran ganas de correr y huir del lugar para nunca más volver. Para mis padres esto era manera de amarla, era una muestra de preocupación y cuidados, pero para mi hermana era una verdadera tortura que nunca hubiera querido vivir.

Los niños que están sanos y que se resisten a comer simplemente están expresando una verdad muy grande que hace algunos años leí en las palabras de OSHO: “El alimento para un ser humano no es la comida, sino el amor”. Esa frase me hizo comprender como los padres podemos confundir el deseo de ayudar a los hijos en su alimentación, con un deseo convulsivo de que querer alimentarlos aunque sea contra su voluntad.

Un niño normal que se resiste a comer puede volver a recuperar sus deseos de alimentarse normalmente cuando se vuelva a restablecer la armonía, la paz y el amor a la hora de sentarse a la mesa y enfrentar el plato de comida. La hora de comer puede transformarse en una agradable reunión, muy útil para comunicar el gran respeto que se tiene frente a ese ser humano pequeño, al igual que atendemos a un adulto invitado de honor a nuestra mesa. Podemos ofrecerle comidas diferentes, preparadas diferentes, adornadas con colores, aromáticas y en atrayentes platos, pero lo que es más importante, que sea servida y compartida con tanto amor que sea éste el verdadero alimento que estamos entregando. Este es el ingrediente principal.

No es difícil conquistar a un niño para saborear delicias preparadas  y servidas con amor. Podemos integrarlos en su preparación y también podemos aceptar sus opiniones al respecto. Podemos afinar el odio a percibir cuales son aquellos alimentos que el niño mas apetece de consumir y también comprender que es necesario variarlos de acuerdo a sus necesidades. Evidentemente que se requiere paciencia y tiempo, pero ese es otro asunto.

Patricia González
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domingo, 4 de marzo de 2012

El mundo de los niños pequeños


Cuando somos niños, somos capaces de ver un poco mas allá de lo que hacemos cuando somos adultos. Es posible que algunos adultos recuerden algunas escenas de su niñez conversando con seres sutiles como ángeles o gnomos. Hay personas que recuerdan haber visto los colores del aura de las personas y también hay adultos que recuerdan haber visto las manchas de la usencia de amor en los adultos que les generaba mucho miedo (yo recuerdo eso).

Cuando llegamos a este mundo lo hacemos en un alto estado de pureza y nos resulta muy fácil  vivir plenamente en el presente. Esa condición de vivir en el ahora nos permite tener una mirada más clara de la realidad y tenemos fácil acceso a la verdad. Algunos niños tienen la posibilidad de disfrutar de su mundo mágico por un buen tiempo y otros son rápidamente adaptados a la sociedad. Pero la gran mayoría de nosotros llegamos a la edad adulta sumergidos plenamente en lo que se supone que es la realidad, una realidad sin magia y donde solo existe la lógica.

Debido al condicionamiento que ya han adoptado los adultos, creamos la sociedad con todas sus reglas y normas. Rápidamente nos esforzamos por enfocar a nuestros hijos en la lucha por un lugar en este mundo y deseamos que abandonen sus alucinaciones lo más pronto posible. Tanto es así, que si un niño demora más de la cuenta en dejar de ver los colores de las auras de las personas o si sigue viendo “cosas raras”, lo llevamos al médico desesperados y los tratamos como enfermos. Al poco tiempo de tratamiento médico o terapias ya nos aseguramos de que esté normal, mirando tal cual miran todos los adultos (o la gran mayoría de ellos).

Un niño pequeño no tiene referencias para filtrar sus experiencias, él solo las vive. Todo lo que le dicen sus padres se convierte en su verdad, al extremo de que si le enseñan que robar es la única manera de vivir, él lo aceptará, solo porque sus padres así se lo dijeron.

Si la sociedad aun no puede superar la pobreza, las enfermedades, los sufrimientos y tantas otras cosas, es porque aun no hemos aprendido a alinearnos con la verdad. Podemos decir que los niños nos podrían enseñar cómo llegar allí con mucha facilidad, pero nosotros pensamos que ellos están enfermos. Quizás por eso Jesús dijo: “seáis como los niños”.

Los padres tenemos mucho que aprender de los niños y cada vez nos acercamos mas a ese momento en que dejemos de programar a nuestros hijos para que hagan y se comporten como nosotros les decimos que lo hagan, creyendo que si no nos obedecen ellos se verán perjudicados. No comprendemos que los más perjudicados somos nosotros  al no aprender de ellos.

Ellos saben que su lugar en el mundo está asegurado, no tienen miedo a experimentar, miran a todas las personas con amor, no tienen prejuicios y creen todo los que les decimos. Los padres nos convertimos en su máxima referencia y jamás dudan de que eso que les estamos transmitiendo sea un error, aunque a veces les resulte muy doloroso de aceptar y aun en medio de su sufrimiento lo aceptarán.

Solo cuando llegamos a la edad adulta y no nos agrada ver los resultados de todo lo que hemos creado en base a lo que nos enseñaron, logramos advertir que nuestros padres estaban equivocados.  Cuando nos damos cuenta de esto, podemos pasar por una tristeza inmensa, por mucha rabia, por una negación a perdonar, pero en suma, la tarea es dejar de ensañar lo que aprendimos de la sociedad a nuestros hijos. Este proceso no es motivo de sufrimiento, más bien es un motivo para sentirse muy dichosos. El mundo será mejor cada vez que un ser humano concluye que lo que aprendió puede ser mejorado y el mundo quedará más feliz después de su aporte. Eso es el amor. Por eso cada Ser que viene a este mundo tiene un papel de vital importancia en la evolución y por eso este mundo quedará mejor después de su partida.

En todas las etapas de nuestra niñez somos directamente influenciados por nuestra madre (o la persona que cuida de nosotros). Ella nos revela el mundo y si el mundo de nuestra madre se encuentra afectado por la angustia, el temor o la rabia, esto será traspasado a su hijo en forma directa. El niño pequeño puede enfermar solo por estar en ese ambiente. Si un adulto enferma cuando cree encontrarse en un ambiente hostil, el niño también se enfermará cuando el mundo hostil de su madre le sea mostrado. Por esta razón, un niño puede recuperase de sus enfermedades solo con la recuperación del equilibrio emocional y espiritual de su madre. Ellos experimentan un desequilibrio cuando los alejamos de la verdad y lo recuperan cuando los alineamos al amor. Nadie puede enfermar cuando vivimos plenos y felices.

Como padres podemos facilitar la vida y el desarrollo de nuestros hijos. El amor a nuestros hijos nos guía siempre. El amor nos puede informar claramente si vamos enfocados o no a la verdad de la vida. La felicidad en el rostro de nuestros hijos será la mejor prueba de que así está sucediendo.

Patricia González
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viernes, 3 de febrero de 2012

Los desafíos de nuestros hijos


Muchas veces nos sentimos muy estresados y angustiados cuando queremos ayudar a nuestros hijos cuando enfrentan algunos desafíos que la vida les presenta. Estas situaciones pueden ser especialmente difíciles en aquellos casos en que nuestros hijos están atravesando desafíos angustiosos o que los están haciendo sufrir, como decidir su futuro laboral, la separación de la familia, penas de amor, cuando se retrasan sus estudios, alguna enfermedad, alguna discapacidad, confusión en su vocación o al querer superar algún vicio.

 Es importante tener presente que ellos vienen dotados de todas las capacidades para atravesar sus propios desafíos  y que todas las experiencias que están viviendo no han sido obra de la mala suerte. Ellos están cumpliendo con el plan de su alma y seguramente tendrán que obtener valiosas enseñanzas de esas vivencias, como también sus padres. El objetivo final de todo esto, consiste en observar con amor las posibilidades de crecer y elevar los niveles de conciencia.

En algunas ocasiones podemos ayudarlos directamente con algún consejo o una acción y otras veces nos veremos aparentemente  limitados para hacerlo. Cuando parece que las soluciones se escapan de nuestras manos para poder colaborar a la superación de los inconvenientes, podemos acudir a elevar la mirada.

Elevar la mirada, nos permitirá reconocer que ellos tienen todo el potencial y que es reconocible su capacidad para sobreponerse a sus circunstancias. Ellos solo requieren confirmar esta verdad dentro de sí. Entonces, la primera y más importante ayuda que podemos darles, consiste en reconocerles su propio poder y su propio valor para superarse. Si desmerecemos su valor y sus capacidades, ellos se sentirán más pequeños de lo que son. Si les decimos directamente que no están siendo capaces de superarse, ellos se alejan de su poder interno y crecerá la distancia entre el logro y el fracaso, o entre aprender o no aprender.

Cuando nuestras palabras o nuestra mirada hacia ellos contienen energías de desconfianza en sus capacidades interiores para superarse, les estamos enviando un mensaje muy desalentador y que no corresponde a lo que son.  Cuando nos falta la fe y la confianza en ellos, les hacemos sentir más pequeños, desvalidos, sobrepasados e incapaces. Unas palabras de confianza, fe y esperanza, siempre elevarán el entusiasmo de nuestros hijos, les aportará nuevas energías y les señalará el único camino que existe para salir de allí, la perseverancia. Trasmitir el mensaje de que todo  se encuentra perdido, es la mejor manera de asegurar problema tras problemas.  Una muestra de la perdida de nuestra fe en ellos puede ser suficiente para que se den por  vencidos.

¿Quién más que los padres están llamados a esta tarea tan hermosa de transmitir valor? Aunque todo el mundo hubiera perdido la esperanza, los padres la pueden seguir sosteniendo una y otra vez, porque será sostenida por el amor.

A veces la espera de que algo mejore nos puede hacer perder la paciencia, pero esa será una prueba tanto para los hijos como para los padres. Perder la paciencia nunca ayudará. Es probable que hablemos, que presionemos y que desesperemos, pero esas acciones no podrán colaborar bajo ninguna circunstancia. La desesperación nunca será la manera más adecuada de enfrentar problemas, del tamaño que sea.  Mientras más energías positivas pongamos en nuestra comunicación con ellos, más probabilidades de éxito existirán.  He sabido de casos extraordinarios de sanidades milagrosas que han sucedido gracias a la fe sostenida por las madres de algunos niños que sufrían enfermedades muy graves y desahuciadas por los médicos. El amor puede hacer milagros y eso ha quedado en evidencia muchas veces.

Una fe inquebrantable en el poder del amor y el poder interno de nuestros hijos los ayudará a sobreponerse de cualquier circunstancia que a primera vista nos puede resultar imposible de traspasar.

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domingo, 15 de enero de 2012

Cuando decimos no a nuestros hijos



Todo padre que está queriendo seguir el camino espiritual, seguro que ya se ha encontrado con una verdad que aun nos pasamos por alto muy seguido. Esta verdad es: “el universo no entiende los no”.

El universo funciona en positivo, digamos que funciona en base a movimiento y es incluyente de todo lo que existe. Cuando pretendemos crear alguna cosa en forma deliberada, ya sabemos, no podemos pedirla en base a “no quiero esto”, porque el universo solo escucha el “esto”. Entonces, todos los maestros nos ensañan que si queremos orar y pedir algo nos conviene hacerlo en positivo, lo más claramente posible, en tiempo presente y llenos de fe.

Este mismo principio es apropiado en la educación de los hijos. Nada es más nefasto y negativo para nuestros hijos que miles de “no” sonando por todos lados desde muy temprana edad. Si hacemos memoria de nuestra niñez o ponemos atención a los padres que pasean con sus hijos en la calle, escucharemos miles, pero miles de “no”.

Los niños que se encuentran mas conectados a su divinidad que los adultos, procesan esos “no” igual que el universo. Cuando les decimos “no seas desordenado”, el niño entiende “desordenado”, ese es el único mensaje que queda en su memoria. ¿Recuerdas algo como esto que tus padres te decían cuando eras niño?, ¿Recuerdas que te decían “no seas flojo o tonto o torpe?. Si has podido recordar, te darás cuenta de que te quedabas con un sabor extraño cada vez que escuchabas esas palabras. Si lo analizamos con más calma, podríamos decir que se trataba de un juicio. En el ejemplo anterior, puedes recordar que tu padre o tu madre pensaban que eras un flojo, un tonto o un torpe.

Cuando queremos que nuestros hijos dejen de hacer algo, es conveniente buscar alguna manera de guiarlos para sacarlos de allí evitando el famoso “no”. Lo ideal es explicarle los inconvenientes que tendrán si siguen haciendo lo que están haciendo, aun mas, lo ideal es que puedan decidir por ellos mismos si quieren seguir o no con la experiencia y acompañarlos para evaluar sus resultados y juntos sacar las mejores conclusiones de la aventura. Esto a simple vista parece peligroso, pero está muy lejos de serlo. Peligrosas son las consecuencias de un “no” que muchas veces va lanzado sin razones que lo sostengan. Los niños saben cuando un “no” no tiene el sustento suficiente y se dan cuenta que solo se trata de imponer un abuso de poder sobre él. De estas situaciones se obtienen los niños rebeldes.

Los padres somos los que vemos los peligros y por eso nos abalanzamos sobre nuestros hijos con un inmenso “no” cuando los vemos acercarse a algún peligro inminente. Pero hasta en estos momentos podemos utilizar nuestra inteligencia para trata de hablar en positivo. Por ejemplo, si vemos que el niño quiere acercarse a un calefactor y corre el riesgo de quemarse, podemos tener la delicadeza de acercarlo lo máximo posible para ensañarle el calor. El niño lo aprenderá de inmediato y nunca más deseará acercarse allí.

En la vida cotidiana hay muchas situaciones en las que podemos utilizar los “no”, trata de contarlos y te volverás loco. Quizás los más complicados y significativos sean los “no” que decimos a nuestros hijos adolescentes. Ellos ya tiene ciertos intereses y cuando los contradecimos se producen diferencias importantes. Pero también es posible llegar a consenso con ellos. En estos casos la vida nos obliga a tener un mejor y mas profundo dialogo con ellos. Aumentado el nivel de comunicación no tendría por qué existir inconvenientes, especialmente si hemos evitado los no en la temprana edad. Se pueden plantear las dos partes con entera transparencia, con mucho respeto y honrando ambas opiniones. Puedes explicarle a tu hijo, por ejemplo, que no quieres negarte a su salida por la noche, pero que te mueres de miedo que le pase algo o se junte con amigos que no te gustan, que eso te impide estar tranquila(o) y qué prefieres que se quede en casa. Las cosas bien planteadas tienen muchas posibilidades de que se puedan resolver. Tal cual como nos sucede cuando pedimos al universo, si explicamos el detalle, existen muchas posibilidades de que nuestra creación se manifieste.

Un niño que ha crecido bajo el régimen de los “no” no tiene su criterio personal bien formado. Está acostumbrado a la resistencia y tratará de buscar maneras poco claras para hacer lo que quiere. Será un adulto cargado de negaciones que le pesaran a la hora de hacer sus propias manifestaciones personales, no creerá que pueda ser posible. Será un adulto que le cueste tomar iniciativas por temor a hacerlo mal, no tendrá confianza en sí mismo, creerá que el mundo está en su contra, que hay gente lista para enjuiciarlo y no tendrá el mismo nivel de confianza en la vida que un adulto que tuvo una niñez sin “no”.

Mientras más existan los “si” en nuestra vida, más felices seremos. “Si” a la aventura de vivir, “si” a disfrutar del error, “si” a intentarlo de nuevo, “si” a levantarnos una y mil veces y un “SI” a ser más y más felices.

Patricia González
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